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El Gran Espíritu

La escuela histórico-cultural, representada por sabios como Lang, Ratzel, Frobenius y Schmidt, ha encontrado en pueblos actuales de cultura rudimentaria la realidad del monoteísmo. Los pigmeos de África, los semang de Malaca, los andamaneses de las islas del Golfo de Bengala y los aruntas de Australia, profesan la fe monoteísta. Madagascar conoció el monoteísmo en sus primeros habitantes. Los kamilaroi llaman Baiamé al Dios Supremo. Los bosquimanos creen en un Creador de todas las cosas, cuyo nombre es Cana. Los bantúes adoran a un Padre Universal al que nominan Okuku. Además, pueblos no genuinamente monoteístas reconocen la existencia de un Ser Supremo. Los esquimales hablan de Torngarsuk. Los «pieles rojas» adoran a Manitu, el Gran Espíritu. Otras tribus de Norteamérica denominan a Dios como el Dueño de la Vida, Nuestro Padre el Cielo, el Gran Misterio, etc. Los sioux le han dado el nombre de Wakonda, es decir, Fuente de la Vida. En Latinoamérica los indígenas eran, en general, henoteístas, pero con fuerte énfasis en un Dios Universal. Lo que llamamos vitalismo espiritual es innato en los hombres de todas las razas, épocas y culturas. ‘Semen religionis’, que diría Agustín.

 

Después del diluvio, a través de Sem, el hijo mayor de Noé y cabeza del clan de los semitas, se conservó la creencia monoteísta hasta Abraham, el ‘padre de la fe’, quien recibió de Dios un encargo específico: abandonar su tierra y su parentela e ir a Canaán. Allí se convertiría en el tronco del pueblo a través del cual vino la revelación de Dios al hombre en su Palabra escrita, la Biblia, y su Palabra humanada, Jesucristo. Los descendientes de Abraham son de dos clases: árabes y hebreos según la carne, por Ismael e Isaac, hijos genéticos del patriarca; y cristianos, según la fe, por los méritos de Jesús de Nazaret, de la simiente de Jacob, nieto del mismo personaje.

 

Tales descendientes mantienen vivo el monoteísmo a través de las tres grandes religiones abrahámicas: judaísmo, islam y cristianismo, todas esencialistas. Pero, por supuesto, yo no puedo sostener el mismo tipo de relación con un politeísta que con un agnóstico; ni con un agnóstico que con un monoteísta; ni dentro del monoteísmo ha de ser igual mi contacto con un musulmán que con un judío. Surge cierto gradualismo natural en estas empatías espirituales. Hay quienes creen, por supuesto, que el monoteísmo puede unificarse, pero ello no pasará de ser una quimera mientras los judíos persistan en negar la mesianidad de Jesucristo, y los musulmanes lo veneren solo como a un profeta más. Si no se reconoce que Él es Dios y Hombre -dos naturalezas en una sola persona- toda aproximación resultará infructuosa. Este misterio no es negociable para un cristiano genuino.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Reto de Dios, páginas 140-141)

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