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Cuando Marx y Freud se abrazaron | El Gueto Dorado

Otro judío, también germánico, el vienés Viktor Frankl, no tuvo gueto dorado durante la guerra, sino un horrible campo de concentración nazi.  Allí, en la soledad y el dolor, redescubrió sus raíces espirituales y pudo afirmar que el hombre es ‘un espíritu rodeado de capas sicosomáticas’, y propone que se pase de la idea dicótoma a la tricótoma, lo cual lo sintoniza con san Pablo.

 

Que Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por completo, y conserve todo su ser-espíritu, alma y cuerpo- irreprochable para la venida de Nuestro Señor Jesucristo

1Tesalonicenses 5:23

 

En el campo cristiano ha bajado de volumen la discusión entre tricótomos y dicótomos, ya que estos últimos reconocen en la parte inmaterial del hombre dos componentes: alma y espíritu.

 

Esta discusión alrededor de Marcuse, el inmigrante que conmocionó a los Estados Unidos, no es caprichosa ni traída de los cabellos.  Con el arribo de la élite alemana a las universidades y los medios de comunicación norteamericanos,  el llamado ‘cinturón bíblico’ dejo de ser cinturón de castidad para el buen gringo.  Muy atrás quedaron los bucólicos tiempos  que la Casita de la Pradera y los Ingalls quisieron perpetuar en la TV con la capilla del pueblo endomingada por una feligresía de punto en pie y un pastor de cuello y estola dirigiendo la acción de gracias al Creador por la abundancia de la tierra y la inocencia de los niños.

 

Y así llegó la posmodernidad con todos sus estragos: la descomposición de la familia, la libertad sexual, la prohibición de la enseñanza religiosa en las escuelas, Elvis Presley, los Beatles, los hippies, la muerte de Dios…Las iglesias, en tanto, sometidas a presiones delirantes, tomaron  uno de dos caminos: un fundamentalismo hirsuto, en contravía con el pensamiento de actualidad; o un liberalismo desbordado que trajo la incontrolable permisividad que hizo de sus creyentes caricaturas de cristianos, lejos de la santidad predicada por Wesley.

 

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, páginas 150-151)

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