7¡Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir!
Fuiste más fuerte que yo y me venciste.
Todo el mundo se burla de mí;
se ríen de mí todo el tiempo.
8Cada vez que hablo es para gritar:
«¡Violencia! ¡Destrucción!».
Por eso la palabra del Señor
fue cada día para mí una deshonra y una burla.
9Si digo: «No me acordaré más de él
ni hablaré más en su nombre»;
entonces su palabra es en mi corazón como un fuego,
un fuego ardiente que penetra hasta los huesos.
He hecho todo lo posible por contenerla,
pero ya no puedo más.
El fuego de Dios es una presencia santa y transformadora que va más allá de la emoción religiosa. Como Moisés ante la zarza ardiente, somos llamados a detenernos, buscar Su presencia y permitir que Él transforme nuestra vida desde lo más profundo.
Pasión por Dios
Rev. Eduardo Rojas
Experiencias de un hombre que estuvo cerca del fuego del Dios viviente. Salmo 46:10



