Septiembre 23 Devocional Diario

ORA

Gracias Señor por la oportunidad que hoy tengo de confesar mi pecado y recibir tu perdón.

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Cantar de los cantares de Salomón.

 

Primer Canto

 

La amada

 

Ah, si me besaras con los besos de tu boca…
    ¡grato en verdad es tu amor, más que el vino!
Grata es también, de tus perfumes, la fragancia;
    tú mismo eres bálsamo fragante.
    ¡Con razón te aman las doncellas!
¡Hazme del todo tuya! ¡Date prisa!
    ¡Llévame, oh rey, a tu alcoba!

 

Los amigos

 

Regocijémonos y deleitémonos juntos,
    celebraremos tus caricias más que el vino.
    ¡Sobran las razones para amarte!

 

La amada

 

Morena soy, pero hermosa,
    hijas de Jerusalén;
morena como las carpas de Cedar,
    hermosa como los pabellones de Salmá.
No se fijen en mi tez morena,
    ni en que el sol me bronceó la piel.
Mis hermanos se enfadaron contra mí,
    y me obligaron a cuidar las viñas;
    ¡y mi propia viña descuidé!
Cuéntame, amor de mi vida,
    ¿dónde apacientas tus rebaños?,
    ¿dónde a la hora de la siesta los haces reposar?
¿Por qué he de andar vagando
    entre los rebaños de tus amigos?

 

Los amigos

 

Si no lo sabes, bella entre las bellas,
    ve tras la huella del rebaño
y apacienta a tus cabritos
    junto a las moradas de los pastores.

 

El amado

 

Tú y tus adornos, amada mía,
    me recuerdan a las yeguas enjaezadas
    de los carros del faraón.
10 ¡Qué hermosas lucen tus mejillas entre los pendientes!
    ¡Qué hermoso luce tu cuello entre los collares!
11 ¡Haremos para ti pendientes de oro
    con incrustaciones de plata!

 

La amada

 

12 Mientras el rey se halla sentado a la mesa,
    mi perfume esparce su fragancia.
13 Mi amado es para mí como el saquito de mirra
    que duerme entre mis pechos.
14 Mi amado es para mí como un ramito de azahar
    de las viñas de Engadi.

 

El amado

 

15 ¡Cuán bella eres, amada mía!
    ¡Cuán bella eres!
    ¡Tus ojos son dos palomas!

 

La amada

 

16 ¡Cuán hermoso eres, amado mío!
    ¡Eres un encanto!

 

El amado

 

Una alfombra de verdor es nuestro lecho,
17     los cedros son las vigas de la casa
    y nos cubre un techo de cipreses.

 

La amada

 

Yo soy una rosa de Sarón,
    una azucena de los valles.

 

El amado

 

Como azucena entre las espinas
    es mi amada entre las mujeres.

 

La amada

 

Cual manzano entre los árboles del bosque
    es mi amado entre los hombres.
Me encanta sentarme a su sombra;
    dulce a mi paladar es su fruto.
Me llevó a la sala del banquete,
    y sobre mí enarboló su bandera de amor.
¡Fortalézcanme con pasas,
    susténtenme con manzanas,
    porque desfallezco de amor!
¡Ojalá pudiera mi cabeza
    reposar sobre su izquierda!
    ¡Ojalá su derecha me abrazara!

 

El amado

 

Yo les ruego, mujeres de Jerusalén,
    por las gacelas y cervatillas del bosque,
que no desvelen ni molesten a mi amada
    hasta que ella quiera despertar.

 

Segundo Canto

 

La amada

 

¡La voz de mi amado!
    ¡Mírenlo, aquí viene!,
saltando por las colinas,
    brincando por las montañas.
Mi amado es como un venado;
    se parece a un cervatillo.
¡Mírenlo, de pie tras nuestro muro,
    espiando por las ventanas,
    atisbando por las celosías!

10 Mi amado me habló y me dijo:
«¡Levántate, amada mía;
    ven conmigo, mujer hermosa!
11 ¡Mira, el invierno se ha ido,
    y con él han cesado y se han ido las lluvias!
12 Ya brotan flores en los campos;
    ¡el tiempo de la canción ha llegado!
Ya se escucha por toda nuestra tierra
    el arrullo de las tórtolas.
13 La higuera ofrece ya sus primeros frutos,
    y las viñas en ciernes esparcen su fragancia.
¡Levántate, amada mía;
    ven conmigo, mujer hermosa!»

 

El amado

 

14 Paloma mía, que te escondes
    en las grietas de las rocas,
    en las hendiduras de las montañas,
muéstrame tu rostro,
    déjame oír tu voz;
pues tu voz es placentera
    y hermoso tu semblante.

 

El amado y la amada

 

15 Atrapen a las zorras,
    a esas zorras pequeñas
que arruinan nuestros viñedos,
    nuestros viñedos en flor.

 

La amada

 

16 Mi amado es mío, y yo soy suya;
    él apacienta su rebaño entre azucenas.
17 Antes de que el día despunte
    y se desvanezcan las sombras,
    regresa a mí, amado mío.
Corre como un venado,
    como un cervatillo
    por colinas escarpadas.

Por las noches, sobre mi lecho,
    busco al amor de mi vida;
    lo busco y no lo hallo.
Me levanto, y voy por la ciudad,
    por sus calles y mercados,
buscando al amor de mi vida.
    ¡Lo busco y no lo hallo!

Me encuentran los centinelas
    mientras rondan la ciudad.
Les pregunto:
    «¿Han visto ustedes al amor de mi vida?»
No bien los he dejado,
    cuando encuentro al amor de mi vida.
Lo abrazo y, sin soltarlo,
    lo llevo a la casa de mi madre,
    a la alcoba donde ella me concibió.

 

El amado

 

Yo les ruego, mujeres de Jerusalén,
    por las gacelas y cervatillas del bosque,
que no desvelen ni molesten a mi amada
    hasta que ella quiera despertar.

 

Tercer Canto

 

El coro

 

¿Qué es eso que sube por el desierto
    semejante a una columna de humo,
entre aromas de mirra e incienso,
    entre exóticos perfumes?
¡Miren!
    ¡Es el carruaje de Salomón!
Viene escoltado por sesenta guerreros,
    escogidos entre los más valientes de Israel.
Todos ellos portan espadas,
    y han sido adiestrados para el combate;
cada uno lleva la espada al cinto
    por causa de los peligros de la noche.
Salomón mismo se hizo el carruaje
    con finas maderas del Líbano.
10 Hizo de plata las columnas,
    y de oro los soportes.
El asiento lo tapizó de púrpura,
    y su interior fue decorado con esmero
    por las hijas de Jerusalén.

11 ¡Salgan, mujeres de Sión!
    ¡Contemplen al rey Salomón!
¡Lleva puesta la corona que le ciñó su madre
    el día en que contrajo nupcias,
    el día en que se alegró su corazón!

Los apóstoles aceptan a Pablo

 

Catorce años después subí de nuevo a Jerusalén, esta vez con Bernabé, llevando también a Tito. Fui en obediencia a una revelación, y me reuní en privado con los que eran reconocidos como dirigentes, y les expliqué el evangelio que predico entre los gentiles, para que todo mi esfuerzo no fuera en vano. Ahora bien, ni siquiera Tito, que me acompañaba, fue obligado a circuncidarse, aunque era griego. El problema era que algunos falsos hermanos se habían infiltrado entre nosotros para coartar la libertad que tenemos en Cristo Jesús a fin de esclavizarnos. Ni por un momento accedimos a someternos a ellos, pues queríamos que se preservara entre ustedes la integridad del evangelio.

En cuanto a los que eran reconocidos como personas importantes —aunque no me interesa lo que fueran, porque Dios no juzga por las apariencias—, esos tales no me impusieron nada nuevo. Al contrario, reconocieron que a mí se me había encomendado predicar el evangelio a los gentiles, de la misma manera que se le había encomendado a Pedro predicarlo a los judíos. El mismo Dios que facultó a Pedro como apóstol de los judíos me facultó también a mí como apóstol de los gentiles. En efecto, Jacobo, Pedro y Juan, que eran considerados columnas, al reconocer la gracia que yo había recibido, nos dieron la mano a Bernabé y a mí en señal de compañerismo, de modo que nosotros fuéramos a los gentiles y ellos a los judíos. 10 Solo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, y eso es precisamente lo que he venido haciendo con esmero.

 

Pablo se opone a Pedro

 

11 Pues bien, cuando Pedro fue a Antioquía, le eché en cara su comportamiento condenable. 12 Antes que llegaran algunos de parte de Jacobo, Pedro solía comer con los gentiles. Pero, cuando aquellos llegaron, comenzó a retraerse y a separarse de los gentiles por temor a los partidarios de la circuncisión. 13 Entonces los demás judíos se unieron a Pedro en su hipocresía, y hasta el mismo Bernabé se dejó arrastrar por esa conducta hipócrita.

14 Cuando vi que no actuaban rectamente, como corresponde a la integridad del evangelio, le dije a Pedro delante de todos: «Si tú, que eres judío, vives como si no lo fueras, ¿por qué obligas a los gentiles a practicar el judaísmo?

15 »Nosotros somos judíos de nacimiento y no “pecadores paganos”. 16 Sin embargo, al reconocer que nadie es justificado por las obras que demanda la ley, sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en él y no por las obras de la ley; porque por estas nadie será justificado.

17 »Ahora bien, cuando buscamos ser justificados por Cristo, se hace evidente que nosotros mismos somos pecadores. ¿Quiere esto decir que Cristo está al servicio del pecado? ¡De ninguna manera! 18 Si uno vuelve a edificar lo que antes había destruido, se hace transgresor. 19 Yo, por mi parte, mediante la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios. 20 He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí. 21 No desecho la gracia de Dios. Si la justicia se obtuviera mediante la ley, Cristo habría muerto en vano».

Danilo Montero - El Señor es mi pastor

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