El Rompecabezas de las Sectas | La Iglesia Local

Al margen de lo anterior, las religiones monoteístas son fuertes en Estados Unidos y es claro que el cristianismo en sus tres ramas: católicos, ortodoxos y protestantes, son la inmensa mayoría de la nación. En este libro se dice protestantes como una designación genérica que incluye todo lo que se conoce como la Iglesia Cristiana Evangélica, además de las denominaciones históricas. Al fin y al cabo, la primera iglesia protestante fue precisamente la de Martín Lutero y se llamó Iglesia Evangélica de Alemania. El protestantismo, por cierto, es la mayoría de la mayoría. Por otro lado, el judaísmo en sus distintas ramificaciones; tanto los asquenazitas, procedentes de Alemania, Polonia y Rusia en forma mayoritaria, como los sefarditas, oriundos del Mediterráneo, han tenido mucho éxito en tierras del Tío Sam, donde siguen practicando sus tradicionales y variados ritos: hasidim, ortodoxos, reformados, conservadores, reconstruccionistas y hasta judíos humanistas y secularistas, que nos dan ejemplo de unidad en lo fundamental, aun cuando mantienen sus diferencias litúrgicas y culturales.

 

El Islam cuenta también con asentamientos sólidos en Norteamérica, aunque no han prosperado tanto como en la Europa Occidental, especialmente Francia, donde ya sus fieles son más de cuatro millones. Es importante destacar cómo las autoridades norteamericanas protegen a los islámicos contra brotes de sectarismo que los rodean hoy en día, como una reacción primaria por el doloroso impacto septembrino.  Es evidente que Estados Unidos, a través de sus autoridades legítimas, sabe diferenciar un musulmán pacifista de un vulgar terrorista. La libertad de cultos se refugia bajo un paraguas constitucional y legal, garantía de que el pluralismo no podrá ser erradicado. Dios sostenga por siempre este lugar bendito donde todos podemos practicar y promulgar lo que creemos en ambiente de paz de armonía, y nos libre de alguna forma de gobierno talibán en occidente.

 

Fue la Reforma Protestante, sin lugar a dudas, la que engendró la democracia. Para Estados Unidos, por esa razón, la esencia misma de su formación nacional reposa sobre esos dos grandes fundamentos: cristianismo y democracia. A la larga, no existe lo uno sin lo otro.  Por eso, el agudo autor de la teoría que estuvo en boga a finales del pasado siglo sobre el fin de la historia, Francis Fukuyama, justamente un japonés americano, afirmó palmariamente:

 

El  principio del reconocimiento universal tuvo su origen en la doctrina cristiana de la igualdad de todos los seres humanos ante Dios, lo cual explica el alto grado de correlación entre la democracia estable y la cultura cristiana en el mundo de hoy.

 

La democracia moriría en una sociedad poscristiana, como la que algunos pretenden. Si hubiera poscristianismo hubiera democracia. Hubo precristianismo a.C.; hay cristianismo d.C.; pero el poscristianismo es una imposibilidad. Por cuanto Cristo vive para siempre y quienes creen en él forman su cuerpo, si ese cuerpo muriera Cristo mismo moriría. Solo habría poscristianismo si hubiera poshumanidad.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, páginas 141-142)

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